TEMA SANTO TOMÁS DE AQUINO

Santo Tomás de Aquino fue canonizado en el año 1313, pero no por sus milagros, sino por sus escritos. Su pensamiento acabará por fundamentar la doctrina oficial de la Iglesia Católica. Sin embargo, en vida tuvo que enfrentarse a múltiples recelos eclesiásticos: él fue el encargado de demostrar que Cristianismo y Aristotelismo eran compatibles sin necesidad de apelar a la “doble verdad” del averroísmo latino. Pero, en un principio, tanto el Papa como los agustinistas vieron con desconfianza este empeño. Incluso el obispo de París llego a condenar tras su muerte algunas de sus tesis, rehabilitadas más tarde.

Nacido de familia noble napolitana (1224) en el castillo de Rocaseca, en Aquino (Italia); a los veinte años ingresó en la orden de los dominicos (a pesar de la oposición familiar); mas tarde se traslada a París, capital intelectual de Europa en ese momento, para continuar sus estudios; seguirá formándose en Colonia y otras ciudades como discípulo de S. Alberto Magno y  tras graduarse en París inicia su actividad docente e investigadora en distintas universidades italianas, aunque su actividad intelectual más intensa se desarrollará en París, en permanente polémica tanto con averroístas como con  franciscanos- agustinistas. Muere en Marzo de 1274, cuando iba  camino de Lyon para participar en un concilio.

Su obra es voluminosa y sistemática; recogida en Sumas, elaboraciones amplias y a menudo muy extensas, que pretendían abarcar el conjunto de conocimientos teológicos. Su estructura era  rígida y dialéctica (mostraba los distintos puntos de vista sobre un tema con sus argumentos y contraargumentos). En Santo Tomás destacan la “Suma Teológica” (los artículos 1,2 y 3 de la primera parte constituyen el texto de Selectividad) y la “Suma contra Gentiles”.

Santo Tomás asimila y acepta la mayor parte de los conceptos de la Física aristotélica (potencia/acto; materia/forma; las cuatro causas, etc.), pero su aplicación será más teológica que propiamente física. Hay que tener en cuenta de el Cristianismo debía integrar dos nuevos conceptos, el de Dios y el de Creación. De ahí que los conceptos del Filósofo le servirán a Sto. Tomás para acentuar la radical diferencia entre el Dios creador y la Naturaleza creada. Por ej., todos los seres están compuestos de potencia y acto salvo Dios, que es Forma Pura (en Dios no puede haber ninguna potencialidad, se trata de un Ser pleno); lo mismo con materia y forma: Dios será Forma Pura. En relación con la causalidad, las cuatro causas servirán al de Aquino para formular algunas de las vías de demostración de Dios, y también definirán la propia esencia divina: Dios es Causa Eficiente Primera, Causa Final última de todo, primer Motor Inmóvil, etc.

Pero , ¿se puede conocer racionalmente la esencia divina? Mas aún, ¿se pueden descifrar todos los misterios bíblicos? Todos los teólogos habían tratado esta cuestión, dando lugar a distintas posiciones en el debate entre Razón y Fe: desde la más primitiva, la de Tertuliano, que veía como un peligro el intento de racionalizar a Dios,  de ahí su “Credo quia absurdum” (Creo porque es absurdo); la revelación es autosuficiente y no necesita de ninguna justificación ni comprensión filosófica. Más tarde San Agustín defenderá que Fe y Razón colaboran juntas en el esclarecimiento del dogma cristiano, pero dejando clara la supremacía de la Fe en caso de conflicto (por ejemplo, el dogma de la Trinidad que cuestionó el Arrianismo). En tiempos de Sto. Tomás se había dado una nueva posición, no aceptada y perseguida por la Iglesia, la del Averroísmo Latino, que defendió la tesis de la “doble verdad”; para éstos Fe y Razón son fuentes de conocimiento distintas y autónomas. No se reconoce  la supremacía de la Fe, por los que la conciliación entre posibles verdades enfrentadas  se hace problemática, de ahí que se defiendan dos verdades.

La solución tomista a este problema constituye todavía hoy la posición oficial de la Iglesia Católica, aunque como veremos ha debido incluir algunos “matices” para adaptarse a los nuevos tiempos. Según Sto. Tomás, Fe y Razón difieren en los métodos (la Teología toma sus contenidos de la Fe y la Filosofía de la Razón), pero no siempre por sus contenidos; así, Fe y Razón delimitan dos conjuntos con una zona de intersección: habría contenidos exclusivos de la Razón (por ej., la demostración de un teorema matemático); Esta zona de autonomía absoluta de la Razón constituye un avance respecto a S. Agustín (y el punto de partida de la ciencia renacentista). Habría otros contenidos exclusivos de la Teología (verdades que solo pueden aceptarse por Fe, milagros, misterios,etc., que sobrepasan la capacidad de comprensión de la razón humana). Por tanto, el conflicto solo puede darse en la zona de intersección, es decir en aquellos temas que son comunes a teólogos y filósofos; por ejemplo, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma o  el origen del mundo. Es en estos temas donde la fe debe actuar como criterio extrínseco y negativo de la razón: extrínseco porque se impone a la Razón desde el exterior de la misma, pues ésta es independiente, y negativo porque la Fe niega los resultados de la Razón sólo ( y esto era un avance) en el caso de que ésta llegue a resultados incompatibles con la Fe. Se trata, pues de una independencia limitada de la Razón. Con este planteamiento S. Tomás logra garantizar la autonomía de la Razón de un lado ( Renacimiento) y la infalibilidad de los dogmas por otro. Pero la Iglesia Católica para adaptarse a los nuevos tiempos ha tenido que alterar algo esta posición tomista: Aquino solo tuvo en cuenta que el origen del conflicto se halle en errores de la Razón, modernamente, con el desarrollo de la ciencia, los teólogos han añadido una segunda posibilidad: que el origen del conflicto provenga de una interpretación deficiente de la fe cristiana (así, se han ido admitiendo tesis científicas aparentemente incompatibles con la Biblia: heliocentrismo, evolucionismo,…).

Pero la posición tomista en la relaciones razón u fe tiene su fundamento en su antropología, de raíz aristotélica: El hilemorfismo conlleva la unión sustancial de cuerpo y alma; en contra de Platón y la tradición agustinista, S. Tomás defiende que es el individuo humano el que percibe, siente y razona. Pero no es posible tener sensaciones sin el cuerpo, de manera que también el cuerpo y no solo el alma constituye la esencia del hombre; de ahí se sigue que la unión cuerpo-alma no puede ser un castigo; la capacidad de razonar depende de la experiencia sensible, ya que el hombre no posee ideas innatas, y esta experiencia se adquiere a través del cuerpo. Si nuestro conocimiento parte de la experiencia, la noción que la Razón puede alcanzar de Dios ha de ser por fuerza limitada, imperfecta y analógica (es decir, basada en la analogía que quepa establecer entre las realidades imperfectas que nos son conocidas y su Causa Infinita, cuyo Ser es en sí mismo inaccesible a la Razón humana). El conocimiento natural acerca de Dios tiene, pues, unos límites; la fe cristiana proporciona, sin embargo, noticias más allá de esos límites, noticias reveladas (de ahí que, según Aquino, la Fe deba “complementar” la Razón en ciertos casos).

Sin embargo, esta visión aristotélica del hombre planteaba algunos problemas de compatibilidad con el Cristianismo; ¿cómo se compagina el hilemorfismo con la inmortalidad personal? La corrupción evidente del cuerpo, tan íntimamente unido al alma, parecia hacer imposible la subsistencia de ésta. Según S. Tomás, el alma no se ve afectada por la corrupción del cuerpo; el alma es una “forma subsistente”, es decir, que puede existir sin necesidad del cuerpo (no ocurre así en los animales), y ello por dos razones: el alma es capaz de conocer  la naturaleza de todos los cuerpos, materiales e inmateriales (la esencia del ser, la reflexión sobre uno mismo,…); si el alma fuera material, no podría conocer realidades inmateriales; la otra razón es más teológica: hay en el alma un deseo de persistencia, un deseo de inmortalidad; y un deseo natural implantado por Dios no puede ser en vano.

También debe solventar el de Aquino el problema de las tres almas de Aristóteles ( así se había interpretado en algunos comentaristas árabes); Según S. Tomás, no hay tres tipos de alma, sino tres facultades de la misma alma racional, que comprende todas las funciones propias de la vida ( vegetativa, sensitiva y racional); es a partir  de ese entendimiento como va a explicar toda la epistemología.

Santo Tomás deberá hacer frente a un problema que ya se le planteó a Aristóteles: si el origen de todo conocimiento está en la experiencia, pero la ciencia trata de lo universal, ¿cómo pasar de la singularidad de las percepciones a la universalidad de los conceptos del saber? En los agustinistas este problema no existía, ya que para el de Hipona los conceptos universales eran dados directamente por Dios de la “iluminación” (tradición platónica).

La solución de Sto. Tomás está tomada de Aristóteles: el entendimiento posee la capacidad de extraer los conceptos a partir de los datos suministrados por el conocimiento sensible; esta capacidad se llamará abstracción,  que consiste en prescindir de lo que es específico de los objetos particulares (esta mesa, esta hoja) para forjar un concepto universal o idea (mesa, hoja,…). Para ello Aquino, como el Estagirita, distingue en el entendimiento una doble capacidad: Agente (capacidad abstractiva universalizadora a partir de la experiencia) y Posible (capacidad de conocer universalmente, que depende de la anterior). El proceso sería como sigue: como buen empirista, el punto de partida serán las percepciones sensibles que dejan en la imaginación o memoria una imagen o representación particular; la capacidad abstractiva o entendimiento agente actúa sobre estas imágenes, despojándolas de sus elementos individuales; luego el entendimiento posible conoce los objetos concretos a la luz de su respectivo concepto.

Todo este planteamiento epistemológico determinará por completo la teología tomista y la demostración “a posteriori” de la existencia de Dios. Una primera muestra es el rechazo por parte de Sto. Tomás del “argumento ontológico” de San anselmo (s. XI); según éste el propio concepto de Dios, entendido como Aquel Ser por encima del cual no puede pensarse otro mayor, implica la necesidad de su existencia, pues de los contrario se podría concebir otro ser más perfecto (que sí existiera), lo cual es contradictorio con su propia definición. Por lo tanto, en la propia idea de Dios vemos su existencia. Pero la epistemología del de Aquino le impide aceptar el argumento: no podemos conocer la esencia divina porque solo podemos conocer a partir de lo sensible (hilemorfismo antropológico); pero además de este presupuesto general, todavía concretará su crítica en dos aspectos: a) Es imposible el acuerdo sobre la idea de Dios (no podemos conocer su esencia); aunque todos tuvieran en su mente esa idea, no tiene que ser en cada uno la misma. b)De la mera idea de Dios, suponiendo que pudiéramos tenerla, no puede pasarse a la afirmación de su existencia fuera del entendimiento (paso ilegítimo del orden del pensamiento al orden de la realidad).

Por tanto, aunque sea evidente en sí, la existencia de Dios no es evidente para nosotros. Necesitamos otra prueba respetando la epistemología, es decir partiendo del conocimiento sensible: no podemos conocer la esencia divina, pero sí podemos conocer bien sus creaciones; por tanto, hay que partir de sus efectos sensibles, lo creado; este tipo de demostración se denominará “quia” (porque va del efecto -lo creado- a la Causa -Dios-): demostración “a posteriori”. Se opone a la demostración “propter quid”, pruebas “a priori”, que van de la causa al efecto, y eran defendidas por los franciscanos siguiendo la tradición agustinista.

Santo Tomás lleva a cabo cinco pruebas “a posteriori”, las llamadas cinco vías; se las conoce como argumento cosmológico porque todas ellas parten de datos del cosmos; las cinco tienen una estructura argumentativa común en cuatro pasos y parten de dos presupuestos ( origen sensible del conocimiento y validez del principio de causalidad): 1)Partimos de una realidad constatada por la experiencia sensible;2)Aplicamos el principio de causalidad, diciendo que esa realidad constatada tiene una causa, y esa causa a su vez tiene otra causa, y así sucesivamente;3)Esa cadena no se puede prolongar al infinito, porque sin una primera causa no lo serían tampoco las restantes; 4) Y a esa primera causa todos llaman Dios.

La primera vía es la del movimiento: todo se mueve por una causa que remite a otro motor anterior y así sucesivamente; pero esta cadena no se puede prolongar infinitamente; ha de haber una primera causa del movimiento (motor inmóvil), a la cual todos llaman Dios. La segunda parte de la cusa eficiente: todo es producto de una causa eficiente (creativa) anterior; pero llegamos a una causa eficiente última, Dios. La tercera parte de la contingencia: todo es contingente, está trascendido de potencia; pero lo que no es, en algún momento no ha sido; debe haber algún ser necesario que ha producido que lo contingente sea. La cuarta vía parte de los grados de perfección: cada cosa es más o menos  perfecta de acuerdo con un modelo; debe haber un modelo de perfección último que no se mide con respecto a nada porque es la perfección en sí, Dios. La quinta y última (la que más respeto infundía a Kant, que criticó todas ellas) es la vía de la finalidad (“ex gobernatione mundi”) o prueba teleológica: todo  tiene una finalidad y un orden, que se aprecia incluso en los seres carentes de conocimiento; parece haber una finalidad última que solo puede provenir de una inteligencia suprema y ordenadora, Dios. Por tanto, Dios sería primer motor inmóvil, causa  eficiente primera, ser necesario, ser perfectísimo e inteligencia suprema del cosmos. No es difícil rastrear la influencia de cada una de las vías: la primera, la segunda y la quinta serían aristotélicas; la cuarta platónica y la tercera procede del pensamiento árabe (Avicena). (De la crítica al arg. ontológico; la defensa de las pruebas “a posteriori” y las cinco vías trata, precisamente, el texto de Selectividad).

Una vez demostrada la existencia de Dios, ¿qué podemos saber de Él? La mayor preocupación teológica de Santo Tomás será distinguir netamente al Creador de sus criaturas; había que erradicar toda tentación de panteísmo. Además este asunto ya había causado muchos problemas a los agustinistas, cuya solución no era del todo satisfactoria; en su intento de separar a Dios de lo creado habían hecho uso de los conceptos de materia y forma (y ello a pesar de su tradición platónica):  todos los seres están compuestos de materia y forma, salvo Dios. ¿Problema? las llamadas sustancias espirituales (los ángeles); siendo espirituales no podían tener cuerpo (ni sexo; por ello se conoció como la polémica del ” sexo de los ángeles”); además la materia es el principio de individuación, luego todos los ángeles son iguales; pero los franciscanos prefieren esta rocambolesca conclusión, antes que situar a los ángeles al mismo nivel ontológico que Dios (riesgo de politeísmo). Santo Tomás dará solución al problema desde otra perspectiva: todos los seres creados son contingentes (pues podrían no haber sido creados y, por tanto, no existir); el  único ser necesario es Dios. Pero, además, la distinción entre Dios y las criaturas no está en los conceptos de materia y forma (aquí Sto. Tomás se aleja de Aristóteles), sino en los conceptos de esencia y existencia (términos tomados otra vez del pensamiento árabe, de Avicena). Una cosa es lo que los seres son, lo cual está en el entendimiento divino (como idea o definición divina), y otra que existan, lo cual depende de la voluntad divina, es decir del acto libre de creación. Esta distinción se combina con la de potencia y acto. La esencia es potencia, lo que puede llegar a ser porque es pensable por Dios; la existencia es acto, es actualización de la esencia gracias a la voluntad de Dios. ¿En qué se distingue Dios? Dios sería el único ser cuya esencia no supone ninguna limitación a su existencia; Dios es su mismo ser, existe totalmente de acuerdo con su esencia, porque en Él esencia y existencia coinciden; puesto que en su esencia está el existir, Dios es el único ser necesario, los demás no existen por esencia sino por voluntad de Dios ( son contingentes, existen, pero podrían no haber existido). ¿Qué relación existe entre cada ser y su creador? Nuevamente ( como en la cuarta vía) Sto. Tomás recurre aquí a Platón, que intento responder a la misma cuestión con el concepto de “participación”, pero en una versión distinta, la “analogía”: todo ser encierra en sí cierta analogía (parecido) con su Creador; esta semejanza se da en diversos niveles o grados: todos los seres se asemejan a Dios en el existir; algunos en cuanto seres vivos; solo los seres humanos en cuanto racionales. Se establece una jerarquía ontológica de clara raíz platónica.

Si el hombre se distingue del resto de los seres naturales por su racionalidad, el fin último del hombre será el conocimiento (en consonancia con la ética teleológica e intelectualista de Aristóteles); pero Aquino añade, el conocimiento de Dios; pero sabemos que no puede conocerse directamente, sino por sus efectos. Dios gobierna el mundo y ese orden divino es la “ley eterna”, la cual se encuentra participada en las criaturas como “ley natural”; por tanto, el hombre como creación divina puede encontrar en su propia naturaleza normas de conducta inspiradas por la “ley eterna” ( y por ello válidas de manera absoluta). Esos primeros principios éticos están ya en la naturaleza humana; por eso el contenido de la ley natural se deducirá de dicha naturaleza; además su  contenido será, por todo esto, evidente, universal e inmutable. Según el de Aquino existirían tres tipos de  tendencias:

– El hombre, en tanto que sustancia, tiende a conservar su propia existencia; de aquí se deduce el deber moral de conservar la existencia (la Iglesia sigue hoy en contra de la interrupción del embarazo o de cualquier forma de eutanasia).

-El hombre, en tanto que animal, tiende a procrear y cuidar de su prole; de aquí se deduce el deber moral de la procreación y el cuidado de los hijos (la Iglesia sigue hoy en contra del divorcio, las relaciones extramatrimoniales o cualquier forma de anticoncepción).

El hombre en cuanto ser racional, tiende a conocer la verdad y respetar la justicia. De aquí deriva el deber moral de buscar la verdad cristiana (en la Biblia) y respetar la justicia, actuando de acuerdo con las leyes del Estado (pero siempre y cuando éste respete en su legislación concreta (“ley positiva”) los principios de la ley natural.

Es decir la ley positiva consiste en la regulación concreta que establece cada Estado; pero, según Sto. Tomás, ésta será una concreción de la ley natural (que, como se ha visto, solo plantea tendencias muy generales); pero la ley positiva no puede ni debe entrar en contradicción con los principios de la ley natural, y si lo hace el creyente no tiene obligación de cumplirla. Esta tesis, vigente aún hoy, todavía plantea múltiples problemas en las relaciones Iglesia-Estado.

 

 

 

 

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